Catalina Labouré

Catalina Labouré
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NombreCatalina Labouré
Nacimiento2 de mayo de 1806
Bandera de Francia Francia
Fallecimiento31 de diciembre de 1876
Bandera de Francia Francia

Catalina Labouré. Vidente de la Medalla Milagrosa. Fue la santa que tuvo el honor de que la Sma. Virgen se le apareciera para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa. Se le apareció la Virgen para enseñarle y recomendarle que propagara la Medalla Milagrosa. Entró a la vida religiosa con la Hijas de la Caridad el 22 de enero de 1830. Empiezan las visiones el domingo 18 de julio de 1930.

Síntesis biográfica

Nacimiento

Nació en Francia, en el seno de una familia campesina, en el año 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Virgen que le hiciera de madre, y la Madre de Dios aceptó su petición. Como su hermana mayor profesó en la filas de San Vicente de Paúl, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.

Juventud

A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía al Señor que le concediera lo que tanto deseaba: consagrarse a él. Una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía:

"Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos".

Al salir de visitar a una enferma vió otra vez a aquel sacerdote que le dijo:

"Hija mía, tu ahora huyes de mí, pero un día será feliz de venir a mí. Dios tiene designios sobre ti, no lo olvides la imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre".

Comienza el noviciado

A los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a su hermana en Chatillón - Sur -Seine, y al llegar a la sala del convento vio el retrato de San Vicente de Paúl y se dió cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.

Después de un año de prueba la destinan al hospital de Enghen a servir a los ancianos durante 36 años. 5 años ayudante de cocina, 4 en la ropería, 15 años cuidando de las vacas que proporcionan la leche para los ancianos del asilo. Lleva las cuentas de la compra de las vacas y cuando pierde más que lo que gana suprimen las vacas y sustituyen las vacas por cerdos. Las hermanas ancianas la buscan para rezar el rosario con ella, pues lo reza con singular fervor. El día de la Inmaculada cae enferma y comenta que es el ramillete de flores que cada año le ofrece la Virgen. Obediente hasta los más pequeños pormenores, observante del silencio, amante de los oficios más humildes, que declara son las perlas de las Hijas de la Caridad. Le pregunta una sobrina por qué siempre es una simple cuidadora de animales y nunca la hacen superiora. Las superioras son elegidas inteligentes. Ella no ha podido ir a la escuela.

Primeras apariciones de la Virgen

Era aún una joven novicia, cuando tuvo unas apariciones que la han hecho célebre en toda la Iglesia. En la primera, una noche estando en el dormitorio sintió que un hermoso niño la invitaba a ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevó ante la imagen de la Virgen Santísima. La imagen le comunicó esa noche varias cosas futuras que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios. Catalina creyó siempre que el niño que la había guiado era su ángel de la guarda.

Pero la aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830. Estando por la noche en la capilla, vio a la Virgen resplandeciente. De sus manos salían hermosos rayos de luz hacia la tierra. La Virgen le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con esta frase:

"Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Ti".

Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Impresion de la Medalla

Catalina le contó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote empezó a darse cuenta de que esta monjita era sumamente santa, y se fue al Arzobispo a consultarle el caso. El Arzobispo le dio permiso para que hicieran las medallas, y entonces empezaron los milagros. Las gentes empezaron a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración, conseguían favores formidables, y todo el mundo comenzó a pedir la medalla y a llevarla. Hasta el emperador de Francia la llevaba y sus altos empleados también.

En París había un masón muy alejado de la religión. Su hija consiguió que aceptara colocarse al cuello la Medalla de la Virgen Milagrosa, y al poco tiempo pidió que lo visitara un sacerdote, renunció a sus errores masónicos y terminó sus días como creyente católico.

Rayos Luminosos

Catalina preguntó a la Virgen por qué de los rayos luminosos que salen de sus manos, algunos quedan como cortados y no caen en la tierra. Ella le respondió:

"Esos rayos que no caen a la tierra representan los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque las gentes no los piden". "Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden".

Viviendo en la oscuridad

Después de las apariciones de la Virgen, la joven Catalina vivió el resto de sus años como una cenicienta escondida y desconocida de todos. Muchísimas personas fueron informadas de las apariciones y mensajes que la Virgen Milagrosa hizo en 1830. Ya en 1836 se habían repartido más de 130,000 medallas. El Padre Aladel, confesor de la santa, publicó un librito narrando lo que la Virgen había venido a decir y prometer, pero sin revelar el nombre de la monjita que había recibido estos mensajes, porque ella le había hecho prometer que no diría a quién se le había aparecido. Y mientras esta devoción se propagaba por todas partes, Catalina seguía en el convento barriendo, lavando, cuidando las gallinas y haciendo de enfermera, como la más humilde e ignorada de todas las hermanitas, y recibiendo frecuentemente maltratos y humillaciones.

En 1842 el rico judío Ratisbona, fue hospedado muy amablemente por una familia católica en Roma, la cual como único pago de sus muchas atenciones, le pidió que llevara al cuello la medalla de la Virgen Milagrosa. Él aceptó esto como un detalle de cariño hacia sus amigos, y se fue a visitar como turista el templo, y allí de pronto frente a un altar de Nuestra Señora vio que se le aparecía la Virgen y le sonreía. Se convirtió al catolicismo y se dedicó todo el resto de su vida a propagar la religión católica y la devoción a la Madre de Dios. Esta conversión fue conocida y admirada en todo el mundo y contribuyó a que miles y miles de personas empezaran a llevar también la Medalla de Nuestra Señora.

Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, en que murió, Catalina estuvo en el convento sin que nadie conociera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años consiguió que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido y al verla, aunque es una imagen hermosa, ella exclamó:

"Oh, la Virgencita es muchísimo más hermosa que esta imagen".

Beatificación

Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó en sus funerales, el que se humilla será ensalzado. Poco tiempo después de la muerte de Catalina, fue llevado un niño de 11 años, inválido de nacimiento, y al acercarlo al sepulcro de la santa, quedó instantáneamente curado.

En 1947 el Papa Pío XII declaró santa a Catalina Labouré, y con esa declaración quedó también confirmado que lo que ella contó acerca de las apariciones de la Virgen era Verdad. Su cuerpo se venera en la Iglesia de las Hijas de la Caridad donde está también San Vicente de Paúl, en la Rue du Bac, en París.

Fuentes