Claudio José Brindis de Salas

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Claudio José Brindis de Salas
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Datos generales
Nombre real:Brindis de Salas Garrido, Claudio José Domingo
Fecha de nacimiento:4 de agosto de 1853
ciudad de La Habana, Capitanía General de Cuba, Bandera del Imperio Español Imperio Español
Fecha de fallecimiento:1 de junio de 1911 (57 años)[1]
dispensario de la Asistencia Pública, ciudad de Buenos Aires,[2] Bandera de Argentina Argentina
Ocupación:violinista clásico
Información artística
Instrumento(s):violín
Premios otorgados:Condecoración Águila Negra

Claudio José Brindis de Salas (La Habana, 4 de agosto de 1853 - Buenos Aires, 1 de junio de 1911) fue un destacado violinista afrocubano, con un largo e intenso currículo artístico, durante el cual se ganó entre cierta prensa el sobrenombre de «El Paganini negro» o «El Rey de las Octavas». Fue el primer cubano que actuó en un escenario ruso ―San Petersburgo, 1880. Al casarse con una baronesa alemana, obtuvo un título nobiliario: Barón de Salas. El rey Guillermo II de Prusia le otorgó la condecoración del Águila Negra.[1]

Síntesis biográfica

Inició sus estudios de música con su padre, el violinista Claudio Brindis de Salas Monte (1800-1872), los continuó con José Redondo y los completó con el pianista belga José van der Gutch. En 1863 se presentó por vez primera ante el público habanero en el Liceo de La Habana con José van der Gutch como pianista acompañante, función en la que también actuó Ignacio Cervantes.

En 1864 realizó una gira con su padre y con su hermano José del Rosario Brindis de Salas, también violinista, por las ciudades de Matanzas, Cárdenas, Santa Clara, Cienfuegos y Güines.

En 1869 viajó a México y se radicó en Veracruz, donde ofreció conciertos organizados por Joaquín Gaztambide.

De México se trasladó a París y allí realizó estudios con el italiano Camillo Sívori (1815-1894), el belga Hubert Leonard (1819-1890) y el francés Charles Dancla (1817-1907).

En 1870 se presentó en el concurso del Conservatorio de París y ganó un accésit; en 1871 obtuvo el primer premio ―en el concurso de este Conservatorio habían obtenido primeros premios Henri Wieniasky (1846), José White (1856) y Pablo de Sarasate (1857); posteriormente lo harían Fritz Kreisler (1887), Jacques Thibaud (1896) y George Friesen (1899). Luego hizo una gira por Europa, que comprendió Florencia, Turín y Milán, donde se presentó en la célebre Scala de Milán. Estas actuaciones en Europa fueron avaladas por el entusiasmo del público y de la crítica.

Al correr los años, no serán pocos los críticos que harán alusión a su extraordinario dominio del auditorio, al entusiasmo que siempre provocó su interpretación, al fogoso temperamento que caracterizó a su ejecución, a su buen gusto, pureza de entonación y virtuosismo; pero lo cierto es que esas cualidades que particularizaron su interpretación ya las poseía Brindis cuando irrumpió en el mundo violinístico europeo.[3]

En 1875 regresó a América y fue nombrado director del Conservatorio de Puerto Príncipe (Haití). Actuó en 1877 en el teatro Payret, donde lo acompañó José Van der Gutch al pia­no. En 1878 ofreció un concierto en la Sociedad Filarmónica Cubana de Santiago de Cuba, regresó a La Habana y posteriormente viajó a Veracruz con el propósito de brindar conciertos y recitales; en la capi­tal mexicana se presentó en el teatro Arbeu, donde interpretó el Concierto para violín y orquesta del compositor alemán Félix Mendelssohn.

En 1880 viajó a Rusia; en 1881 actuó en San Petersburgo. En 1884 se trasladó para Alemania, y en 1886 regresó a Cuba, donde tocó en el Gran Teatro de La Habana.

En 1887 se presentó en Nueva York y en 1889 viajó a Barcelona. En 1890 regresó a Cuba, y en 1894 volvió a Veracruz para actuar en el Teatro Principal. En 1895 se presentó en La Habana en el Teatro Albisu y después partió a un periplo cuyo destino final sería Europa, en viaje se presenta en Santo Domingo (República Dominicana) y en San Juan de Puerto Rico.

En 1896 se presentó en Montecristi, y en Puerto España (Trinidad y Tobago).

En 1897 llegó a Kingston (Jamaica).

En 1902 viajó a Santa Cruz de Tenerife, y ofreció un recital en el teatro de Santa Cruz; ese mismo año regresó a Cuba, donde ofreció un concierto en el teatro Principal de La Habana, posteriormente volvió a Santa Cruz de Tenerife, viaje que repitió en 1903.

En 1911 viajó a Ronda (España), donde ofreció su último concierto en el teatro Espinel. De España se trasladó a Argentina, y allí concluyó su carrera.

Cualidades

Sobre las cualidades de Brindis de Salas como violinista expresó un crítico:

Un joven Brindis de Salas.
Violinistas que ―como los cubanos Salas y White― ejercieron en Caracas la docencia, y dejaron la huella de sus imponderables enseñanzas [...]. Si Brindis de Salas fue una figura en los históricos Conciertos de Pasdeloup ―fundados precisamente por Jules Pasdeloup (1819-1887), gran director de orquesta―, donde el genial cubano hacía de solista; y si, al lado de Patti (Adelina) se presenta como alta figura artística; si Mazzucato le dirige en Milán, en el regio teatro de Turín y en la Fenice de Génova; si en Berlín el más agresivo crítico le llama "el rey de las octavas", si el crítico parisiense Oscar Commentant, celebrada figura de la prensa, se extasía ante el notable virtuoso y escribe que "el violín fue creado para él", si Leonard, gran maestro del arco, Charles Danclá y David lo aclaman, a pesar de tratarse de un músico negro de estas latitudes y se admiran de este gran concertista, fue porque en realidad lo fue.[4]

Obras

  • 1854: Melodía.
  • Variaciones sobre un tema del maestro Rodolfo.
  • Congojas matrimoniales (opereta).
  • El genio (contradan­za).
  • 1863: La simpatizadora (danza).

Fallecimiento

Llegó a Buenos Aires a principios de 1911.

En mayo (a comienzos del frío invierno porteño) Brindis de Salas entraba en una tienda de cambalache (compra y venta de objetos) de la calle Rivadavia n.º 3289 de la capital porteña para ofrecer en depósito-venta su tesoro más valioso: su violín. Un empleado cuenta que vio entrar en el negocio a un negro sucio y andrajoso proponiéndole a la venta un violin. En un principio el empleado creyó que se trataba de un ladrón y lo miró con desconfianza:
―Vea, señor: yo no soy lo que aparento. Ahora estoy pobre, pero he sido muy rico.
El chevalier [‘caballero’, en francés] colocó el violín bajo la barbilla, empuñó el arco y tocó una hermosa barcarola. El empleado supuso que tal vez el negro fuese algún músico de campaña que necesitaba vender su instrumento, y entonces le ofreció diez pesos argentinos con un recibo estableciendo el plazo de un mes para poderlo rescatar. Brindis de Salas le rogó al empleado que no lo vendiera hasta después haber pasado un mes porque creía poder recuperarlo al día siguiente. Dicho esto, el violinista cubano salió del establecimiento y se dirigió a una esquina de la calle, pero a los pocos segundos estaba nuevamente de regreso para pedir al dependiente, por última vez, que le diera el violín:
―Quiero despedirme de él ―musitó Brindis. Lo tomó en sus brazos como quien alza a un niño y lo besó, lo besó con furia loca en las cuerdas, en el mango, en la caja de resonancia, desde la tabla armónica hasta la tabla de fondo. Luego se fue, tomando el tranvía n.º 3 hacia el centro de la ciudad y no se lo vio más.
Agapito Candilejas, artículo publicado el 10 de junio de 1911 en la revista Caras y Caretas (Buenos Aires).[2]
Una rara y poco vista fotografía de Brindis de Salas (1852-1911) en su lecho de muerte del depósito de cadáveres de la Asistencia Pública de Buenos Aires, el 2 de junio de 1911.[2]
Buenos Aires, 2 de junio de 1911.
―¡Hola! ¿Hablo con la Asistencia Pública?
―Sí, señor. ¿Y yo?
―Con la fonda y posada Ai Re dei Vini [al rey de los vinos], del Paseo de Julio 294 [actual avenida Leandro N. Alem]. Sírvase de mandar una ambulancia a recoger un enfermo grave. Es un negro atorrante que se está muriendo.
La ambulancia fue. Regresó trayendo al infeliz. Se le acostó en una cama para examinarle. Era un negro, dos enfermeros comenzaron a quitarle el traje. Tenía el saco y los pantalones sucios y descosidos, los botines rotos. Las prendas interiores eran... ¡qué pena!, ¡qué asco! Daba pena y asco toda aquella miseria. La camisa inmunda y, en vez de camiseta, un corsé masculino con ballenas. Un corsé parecido al que usan las mujeres.
―¿Quién será este hombre?
―Un atorrante, sin duda.
―Aquí en este bolsillo tiene unos papeles: hay un pasaje, el programa de un concierto, una tarjeta. Un pasaporte que dice: «Caballero de Brindisi, barón de Salas»
―¡Oh, es el violinista Brindis de Salas!
Al oírse nombrar, el moribundo tuvo un segundo de lucidez. Abrió los ojos:
―Sí, soy Brindis de Salas pero me muero.
Después cerró los ojos y empezó a agonizar. Y lenta, tranquilamente, se fue quedando frío, duro, ¡muerto!
En una parihuela de carnicería llevaron su cadáver al depósito de la Asistencia Pública. Allí lo tiraron junto a un joven suicida y un viejo ladrón a quien un compañero matara de un balazo.
Así lo encontré, sobre el cadáver habían puesto su ropa y su corsé mugriento. Ese corsé era el último reflejo de la vanidad del pobre negro... La historia de este lírico bohemio se parece a un cuento. El primero de junio de 2011 murió en Buenos Aires, llegó de Europa en el vapor Satrustegui ¿A qué vino? Se ignora... Después de haber sido casi millonario; después de haber vivido la vida de un monarca; después de haber hecho temblar el corazón de las mujeres; de haber paseado por el mundo su alma, que era un violín: después de tanto amor, tanto fuego, de tanto sol, de tanta melodía, de tanta gloria, cayó al fin destrozado, viejo, pobre, tísico y solo, ¡solo!, ¡solito! Ni siquiera tuvo en el momento de morir el consuelo de haber abrazado el violín que lo hizo célebre.
En Buenos Aires, la popularidad de Brindis era enorme. Una bella dama porteña, al enamorase del negro le envió desde Cienfuegos (ciudad de Cuba) un retrato que decía «A tus divinos ojos». El día del entierro ―un entierro triste de poeta condenado a sufrir la ironía de las cosas humanas―, la dama fue al cementerio y echó sobre la tumba del artista un puñado de rosas. Alguien cree que Brindis ha muerto envenenado. Su muerte es misteriosa.
Agapito Candilejas, artículo publicado el 10 de junio de 1911 en la revista Caras y Caretas (Buenos Aires).[2]

Falleció el 1 de junio de 1911 en Buenos Aires (Argentina) a los 57 años.

Referencias

Fuentes